Problemas de deglución


Dórame la píldora otra vez. Tú que sabes de nácar, de ostras que guardan lo que el aire destruiría, tú que sabes de esmaltes, maquillaje, barnices y colorantes, oropel y chapa de metal noble para disfrazar el fiero oxidado.

Dórame la amarga píldora de la verdad con trucos de confitería. Sácale con un popote delgado el ácido, tú que tanto sabes de productos corrosivos.

Mete los dedos detrás de mi campanilla y sácala con cuidado, entre tu índice y tu pulgar de mago. Arrójasela a las hienas.

No estoy enojada. Tengo hipo.


Las pestañas


Pinceladas pintadas en el aire desde la orilla del párpado, red de hilachas paralelas que atrapan en su malla el tamo que empañara la córnea, las pestañas baten como alas encaladas.

Crecen en filigrana con delicadeza insectil sobre el litoral del ojo como flósculos de un solo pétalo filiforme.

Oscuro encaje del rostro.

Festones de bulbo enterrado en la sábana del ojo.

Fina cordelería de cóncavos filamentos.

Arriata de cilios con ínfulas de abanico.

¿Qué mosca le picó a Dios para estarcir de esta manera una haya diminuta en el lugar más visible, hilera de soldados blandos que son a la vez el cabo y su delgadísima espada?

*

Adenda: Cada cilio que conforma una pestaña está hecho de un pelo normal circundado por une red nerviosa muy sensible que causa, al ser tocada ésta, el reflejo de cerrar el párpado; he aquí la función protectora primordial de las pestañas, que por su alta sensibilidad evitan la entrada de cuerpos extraños leves (insectos, polvo, pelusas) al ojo.

La esperanza de vida de una pestaña es de tres a cinco meses, después de los cuales se cae y es reemplazada por una nueva, que alcanzará su pleno desarrollo dos meses más tarde.

Las dos máscaras se desgarran (lienzos luidos en forma de rostro), casi encalados de lo desgastados que se encuentran.

Entonces él habla —está increíble, maravillosamente desenmascarado—, y lo que ella mira bajo las máscaras caídas es tan bello como lecho nupcial con dos cuerpos ensayando sus engranajes, piezas engrasadas bajo el redingote de piel que las reviste.

Detrás de la doble máscara brillan las lágrimas: el sí y el no, la laguna con sus cuantas fiorituras encapotadas sobre un iluminado de azul pastel, el recuerdo que en vez de marchitarse en camino germinará más fuerte aun, ora espinoso, ora aterciopelado.

Árbol del Conocimiento plantado recio en futuros separados con alfanje.

Las máscaras flotan, hechas papalotes en la superficie pulida del lago, adheridas a los cuatro hombros por la cuerda que encordela el conjunto para fijar ahí rostro y máscara.

Lágrimas secas, memoria que maduró bajo el sol.

Paramnesia loca poco antes del equinoccio.


Confesión de lecho


Te lo confieso: no me interesa la cabeza.

Dejemos el cerebelo y la amígdala,

el occipital y el área de Broca

a los neurólogos,

y abramos como sandía carnosa

el corazón desde el puro centro.

¿Qué fósiles de lágrimas viejas hallaremos allí,

encapsulados en la coronaria?

(la descendiente anterior que casi te mata

en la fría alcoba del quirófano).

¿Qué celacantos nadarán todavía

en los mares pretéritos?

¿Cuándo engastaron en nuestro corazón

su joya de ámbar azul?


Mira eclosionar las crisálidas


“Mira eclosionar las crisálidas”. Quién me dicta estas palabras, quién me toca la piel, un sembrado de agujas, más espinas aun que en el desierto de Sonora, el desierto del Néguev. Las perlas caen de sus manos: Él las recoge, Él hace con ellas un collar, Él me lo pone en el cuello (cada perla es una palabra soplada al oído, la urgencia de una instrucción que debe ser transmitida en un murmullo por un moribundo).

Miren el canto de los hombres subir de la Tierra a las estrellas: los astros brillan impasibles sobre la noche de Gaza. Tan hermosas que son, Altair, Cor Leonis, Canopus, Cirius, tan hermosas cuando no caen obuses. A veces, los dos perros rabiosos se hartan y deben descansar entre dos ojivas.

Está nevando en Ginebra. Los copos de nieve, durante un rato, son granos de arena, un polvo de mica sobre la ciudad.

Soplar dulcemente en la trompeta de las mentiras de Dylan Thomas: los mentirosos son instrumentos de viento.


Semblanza de la octava casa

She is in his arms like Joan of Arc in the flames, the spirit
wrestling against its bond while the body burns away.
J.M. Coetzee (The Master of Petersburg)



*

El matarife y la bella ataviada de un corpiño de holanda, el prestamista y el embalsamador, el dueño de las arcas ajenas —todo aquél que obra por poder—, la bruja asomada a sus calderos, la hetaira, el cirujano que escribe en los cuerpos con su escalpelo, el adivino cuyo rostro se refleja en la bola de cristal, el albacea que repartirá los bienes, la Parca con su guadaña y su reloj de arena, todos habitan, sin conocerse, la casa ocho:

la mansión de sótano tan profundo que parece pozo artesiano

la morada a puertas cerradas

la antesala de postigos que no dejan entran la luz del sol


**

Espeleología de alcobas amores forenses (la proa del ataúd cruza veloz

—flotante— las aguas de la recámara) ocultamiento que ocultamente trama

entresijos de las paredes internas que solo son lisas en apariencias aguas vertientes donde flotan a la deriva los secretos entraña esplendente que late como un corazón de pájaro en la mano de un mago cámara insonorizada



***

[Se interroga] sobre la forma que la muerte elegiría para arrastrarlas consigo, implorando Dios mío un cáncer no, como si Dios se tomase el trabajo de confeccionar agonías personales a la manera de los sastres que confeccionan ropa a medida, en vez de barrernos como insectos incómodos:

El médico forense, sigiloso, se acerca: “blunt force trauma” “exsanguination” “single gunshot to the left temporal” “kidney failure” “lead poisoning”

Y la amasia abre las piernas, y el Adonis cabalga su montura lampiña.